
Los sentimientos son un rescoldo evolutivo, me dijiste un día, ebria y desnuda; una patología de la inteligencia, en el mejor de los casos un manual de conservación.El amor es el engrudo de la reproducción, la ira un detonador frente al peligro, el miedo un sucedáneo del dolor y del fracaso, y la esperanza…es la droga que los necios, como tú, mantienen.
Estas últimas palabras visitaron mi mente cuando desperté. Desperté a las dos horas de haberme desmallado, en una camilla que estaba en la cuarta planta de aquel hospital, en observación. Una educada enfermera mayor que estaba sentada en el centro de la amplia estancia levantó la mirada al ver mi ajetreo, me incorporé de la cama, asustado, pero ella me tranquilizó, advirtiéndome de lo que había sucedido, y explicándome de que debería permanecer allí tranquilo unas horas más, hasta que se confirmaran que lo análisis que me habían realizado mientras permanecía inconsciente eran negativos. Recordé lo sucedido y me entristecí, en aquel momento no debería estar en aquel lugar, debería estar llegando a París, con alguien que amaba… la enfermera llamo mi atención:
- Joven, han contactado con su familia, y hay alguien fuera, en la sala de esperas. Aquí en este lugar no pueden permanecer familiares, pero si quieres puedo avisarla para que entre y pueda ver que se encuentra bien, está de lo más preocupada.
- Vale. – conteste, pensativo, pues un familiar que fuera mujer y que hubiera llegado desde tantos kilómetros tan rápido era bastante improbable.
Al momento apareció por la puerta Patricia, qué alegría me dio verla, con los ojos desencajados por la preocupación entró apresuradamente y cuando vio la expresión de mi cara, triste pero tranquilo, se lanzo sobre mí y me abrazó. Un fuerte abrazo, y lloró, yo no entendía porque lloraba pero poco faltaba para comprenderlo, me dijo que no volviera a asustarla más de esa manera y menos aún en aquellos días de fiesta. La tranquilicé, y le dije que se fuera a casa con su familia, era donde debía estar, que no se preocupara por mí, pero por supuesto se negó. Y me dijo que me esperaría fuera hasta que saliera. Además, y antes de volver a acercarse la enfermera a despedirla, me explicó que desde la administración del hospital llamaron a mi familia, en concreto hablaron con mi madre; y la mujer, impotente por la distancia, la avisó a ella, ella era mi secretaria, con la cual ya había cogido confianza por las veces que habían hablado.
Al salir patricia de la sala de observación, la enfermera le entregó a ella todas mis pertenencias en una bolsa, ropa, calzado, cartera, móvil, etc.
Unas tres horas después me dieron el alta médica, Patricia, que ya se encontraba conmigo en planta, me decía que una tal Bea me había llamado a mi móvil, mientras yo me vestía de espaldas a ella. No me interesé por aquellas palabras, la ignoré y le dije que nos fuéramos de allí.
Caminamos hasta su coche y una vez dentro me propuso ir con ella y su familia a cenar en aquella noche de noche buena. La idea era que nos pasáramos por mi apartamento, me duchase y me vistiera bien, para que fuera su acompañante. Y así fue, mientras me entristecía el pensar qué podía estar haciendo Bea, Patricia estaba allí, esperándome en mi salón a casi las diez de la noche, la escuchaba hablar por teléfono, supuse que avisaba de mi presencia en la cena.
Cuando acabé, fuimos para casa de sus padres, ella me explicaba con lo que me encontraría, en cierta manera me advertía para que no me sorprendiera… me explicaba la simpatía de sus sobrinas gemelas, la medio sordera de su padre, lo distinguida que se pensaba su madre, y la amabilidad de sus dos hermanos y su hermana. Tras conducir más de media hora fuera de la ciudad, nos encontramos con una muralla que rodeaba una impresionante casa, la casa de sus padres. Al parecer su padre, un financiero ya jubilado, había especulado bien en bolsa ya hacía años, y había conseguido una cuantiosa fortuna. Su madre, que era todo menos agradable, se había dedicado a diseñar “a su manera” piezas de bisutería, para una reducida población de personas que podían permitírselo. Nunca imaginé que Patricia, mi secretaria, tuviera una familia con tanto poder económico.
Aparcamos su coche casi en la entrada, y al bajar vimos como una de sus sobrinas nos miró tras la ventana y salió corriendo para abrir la puerta, al ir subiendo los escalones para llegar hasta la puerta de entrada, Patricia, que iba detrás de mí, me agarró la mano, y cogida de ella me adelanto. Justo entonces su pequeña sobrina abrió la puerta y se nos echó encima, así pasamos hasta el recibidor donde aparecieron sus hermanos, sus demás sobrinos, las respectivas parejas de sus hermanos y sus padres. Mientras llegaban hasta nosotros, Patricia seguía cogida de mi mano. Me soltó al presentarme a su familia, muy agradables todos, excepto su madre, que me miraba como un halcón mira a su presa para cazarla. Sé que no le gustó ver a su hija más pequeña agarrada de la mano de su jefe, pero en fin, yo tampoco hice nada por soltarme de la mano de Patricia. Pasamos una noche estupenda, familiar e íntima. Yo había compenetrado con ellos de una manera realmente buena, sin contar con su madre. Cenamos una suculenta comida, que nos tuvo en la mesa casi hora y media, después de tomar los postres, que eran lo único hecho por ellos, pasamos a otra estancia donde había un minibar, sillones, una mesa de billar… todo un lugar para el ocio dentro de la gran casa. Una vez allí, y con un estupendo whisky en mano, Patricia comenzó a narrar dónde habíamos estado toda la tarde, la vi dudar un par de veces y un poco desconcertada, me dijo:
- Bueno y… ¿dónde estabas o que te pasó para que te ocurriera lo sucedido?, no te he preguntado siquiera qué hacías cuando te quedaste inconsciente…
Era evidente que el vino de la cena comenzaba a florecer en sus palabras; y yo, que también estaba un poco desorientado por la bebida en la cena, le dije:
Fui a proponerle a mi amante que nos escapáramos este fin de semana a París…Entonces se hizo un ensordecedor silencio, que irrumpió en un caudaloso y continuado momento de broma, nadie me creía, todos se pensaban que aquello era mentira, excepto la madre de Patricia, que cada vez hincaba más sus ojos en mí.
Poco a poco la noche se nos echaba cada vez más encima, poco a poco cada pareja se iba despidiendo de aquel lugar, para irse a dormir. Todos se quedaban en aquella casa, pues sería no menos de las cinco de la mañana y el alcohol condicionaba a pasar el resto de la noche en aquella mansión.Solos nos quedamos patricia y yo, todo el mundo se fue a la cama, excepto una de las gemelas que dormía en las piernas de su tía, mientras hablábamos. Patricia me pidió que le llevara su bolso, que se encontraba en el salón donde cenamos, hice lo que me dijo, y cuando se lo entregué sacó de él dos billetes de avión, mis billetes de avión.
Con un gesto coqueto llamo mi atención, me miro fijamente a los ojos, y rompió en dos aquellos billetes malditos… me reí, no podía hacer otra cosa. Y cuando dispuse a marcharme, me dijo que me esperara, que iba a subir a la niña a su cama. La esperé largo rato sin dejar de beber aquel delicioso whisky escocés, sentí su presencia cuando me agarró por detrás los hombros y empezó a masajearlos, le dije que me iba ya, pero como una estupenda anfitriona insistió que me quedara a dormir allí. Por supuesto, acepté sin preámbulos ninguno. Tras dar la vuelta al sillón donde yo me encontraba sentado observe que venía con un pijama puesto, un corto pantalón que dejaba ver sus estupendas piernas y una camiseta de tirantas que traslucían sus pequeños pechos.
Cogió de nuevo mi mano, y estiró para que me incorporase, así lo hice, me levante y la seguí. Mientras subíamos aquellas largas escaleras me fijaba en sus piernas, su culo, por detrás resultaba de lo mas seductor. Torpemente, en la oscuridad nuestros cuerpos se encontraban, yo aligeraba el paso, ella ralentizaba el suyo, y cada vez estaban más cerca. En ese momento noté como mi corazón se aceleraba, augurio del presentimiento de lo que acontecía.
Entramos en el cuarto destinado para mi descaso, una luz tenue lo iluminaba, una sensación de calor inundaba la habitación, una gran cama recién hecha presidía el lugar. Inseguro, me empujó hacia la cama, donde caí sentado, comenzó a desvestirme; primero los zapatos, después la camisa y a continuación el pantalón. Una vez desvestido me tumbó en la cama y con todo el cariño me arropó y me besó en la frente. Entonces deseé más que nunca que se metiera en aquella acogedora burbuja conmigo, que me acompañara en aquella noche, que me besara de verdad.
Bajó un poco la calefacción, y me indicó en qué habitación estaría ella. Mientras yo, atontado, la miraba con deseo pero sin decir palabra, hasta que se despidió de mí, y saliendo de mi cuarto noté cómo leía en mis ojos, que la añoraría. Y de repente desapareció.
Apagué la luz, y pensativo repasé aquel desastroso y a la vez estupendo día, pensaba en Patricia, en dormir junto a ella, en hacerle el amor durante toda la noche, besarla y tentarla, seducirla y gozarla. Fue un momento demasiado encendido para estar solo, y pensando, me contuve y cogí mi móvil del bolsillo del pantalón, y sin más le lance infantilmente una llamada perdida a aquella mujer que dormía unas habitaciones separada de mí, y apagué la luz. En segundos sentí como se abría la puerta y alguien accedía y entraba, yo me hacía el dormido y comenzaba a notar de nuevo el incremento de las pulsaciones en mi corazón, era Patricia, yo la hice venir, me llamó por mi nombre sigilosamente: –Héctooor…-, pero continué haciéndome el dormido, mi corazón me ponía nervioso, ella apoyó una de sus rodillas en mi cama y cuando se acercaba a mi, me volví. Nos miramos fijamente, durante corto rato, hasta que me incorpore y la besé, siguió mi beso, y comencé a notar su cuerpo, su suave piel inundaba la mía, sus generosas caricias me excitaban, noté como traspasaba la frágil barrera de mi cintura e invadía mi sexo, y por dualidad yo hacía lo mismo con el suyo, su pierna se estremecía contra la mía, me aprisionaba con su cuerpo cuando mas extasiada estaba y no paraba de besarme. Besé su boca, su barbilla y sus senos, uno por uno rocé con mi lengua sus pezones y con un delicado bocado en su ombligo me abría paso hasta su entrepierna… Volví a encontrarme con ella cara a cara, la bese y mientras me besaba me tiró del pelo, deseaba lo inevitable. Con su estremecida mirada me pedía a gritos ser mía… y así fue, tomamos nuestros cuerpos como desesperaros animales que se encuentran deseosos, inexpertos ante lo desconocido, aquella noche nos amamos… Pocas horas después dormimos.
El ajetreo en el pasillo me desveló, ruido de niños correteando, golpeando las paredes y gritando. Abrí los ojos y la vi a mi lado, dormía como un ángel, desnuda tan solo la cubría la fina sabana que rodeaba su cuerpo. Sin saber porque, la besé dormida, la abracé y comencé a acariciar su cuerpo. Aunque estaba dormida se agitaba cuando mis dedos rozaban aquel ardiente destino que me atraía, irremediablemente despertó, y al verme su primera decisión fue volverme a besar… así volvimos a tenernos deseosos y bueno… quizás casi enamorados.
Salió corriendo de mi habitación cuando pensaba que nadie andaba por los pasillos de la planta superior, y se fue. Me metí en la ducha que acompañaba a la habitación, y mientras sentía el agradable calor del agua se abrió la puerta del baño, era de nuevo ella que con conciencia de mis intenciones me traía ropa de su hermano para cambiarme. Asomó la cabeza y me dijo que dejaba la ropa en la cama, pero al verme mojado, desnudo, indefenso, entro hacia dentro. Cerro la puerta de espaldas, yo la observaba, y de una forma coqueta comenzó a desvestirse, poco a poco. Primero se quito el pantalón, después la blusa y a continuación vino y me beso. Era evidente que buscaba el remojo a mi lado, no llevaba ropa interior… Se introdujo entera en la bañera, nos agarramos y comenzamos a besarnos sintiendo como el agua caía por nuestros cuerpos que pegados se sentían mutuamente, necesariamente, con armonía, volvimos a hacer el amor en aquel lugar, sin decoro y con pretensión.
Esa mañana, del 25 de diciembre Patricia y yo sin casi acuerdo mutuo más que el pacto en silencio de la noche anterior, actuábamos como pareja, como amantes conocidos de toda la vida sin amor.
Pero todavía quedaba el encuentro con Bea, quien comenzó a ser algo innecesario en mi vida, pero que aun daría bastante que hablar.