Es un error desear volver a tus labios.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Amistad -Locuras en el Desván-


Una vela en el dintel de la puerta relumbraba en la penumbra del desván. El humo de un cigarro guardaba titubeante a la espera de ser absorbido, el silencio del resto de las habitaciones acentuaba los suspiros que pregonaban sin vacilación alguna las únicas voces en aquel momento. Hacía calor. La noche transcurría entre sudores, miradas tensas y pulsos desbocados, por lo que no eran aconsejables las palabras, ni tampoco las medias tintas. Sin dejar de retarme con la mirada, lentamente se aproximo a mi pecho, y tras un último instante de duda que pudo parecer recato, abordó con lujuria mi cuerpo. Trazas de saliva inundaban mi boca, por suaves besos extasiados. El rubor cubría nuestras mejillas, los alientos denotaban los impulsos de pasión. Tornaba por la habitación una canción adecuada para tal momento cuyo ritmo compaginaba la escena. Dos almas enlazadas en un mismo momento que permanecería por siempre en las mentes de sus autores, que perdidos en la búsqueda de la culminación de sus fantasías, habían dejado de lado sus prejuicios y se habían lanzado a la locura. Todo era irreal y a la misma vez cierto, el cúmulo de distintos instantes que florecían y se disipaban con rapidez pero sin desprecio alguno.

-Miénteme y dime que me quieres, susúrrame al oído que soy la esencia de la desdicha en tu vida por mi ausencia, que caminarías hacia el cielo si te lo pidiera y que tus ojos desbocados ahora mismo, seguirán estando encendidos para mi mirada por siempre. Que tu boca nómada por los besos, se volvería sedentaria ante la mía, que tus manos, tus piernas, tu nariz y tu pelo me pertenecen. Miénteme con tu susurro y déjame que sienta lo que nunca tendremos, que mi mente lo guarde para siempre para que lo evoque en mis futuros recuerdos.

Aquel instantáneo e increíble anhelo que surgió aun estando juntos proclamaba la llegada del fin de la lasciva relación surgida en esa noche, noche que se marchitaba y volvía a adormecer a los corazones. Sugerimos prolongar la existencia de aquel momento, pero nuestros ojos que con sutileza sabían comunicarse como expertos amantes, negaron la posibilidad de aquel hecho con sabiduría y sosiego. No era algo trivial ni que pudiéramos considerar irrelevante, aquella noche experimentamos algo sin precedentes en nuestras vidas que pasaba inadvertido por las emociones…

Así Bea volvía a resurgir en mi vida, y esta vez no solo venía atendiendo a sus caprichos, ahora si buscaba algo, buscaba a mi lado la vida que yo mantenía con Patricia.