Una percusión en forma de lluvia les envuelve. Los edificios colindantes parecen encogerse aún más. Los pasos de los viandantes se vuelven más ruidosos, antes de volver a desvanecerse. Ella continúa allí, con la respiración palpitante, el abrigo empapado colgado de su cuerpo y el rostro ilusionado por una sensación vinculada al amor reluce en la estampa oscura de la noche.
Ella: -Me deseas –susurra-, lo he notado.
Carlos da un paso y sale del callejón; ella le sigue.
Él: No. Te equivocas.
Ella: ¿Por qué no te permites vivir? ¡Vivir! ¡Disfrutar! Lo único que deseo es verte feliz.
Él: En tal caso déjame en paz, eso me haría feliz.
María parpadea una sola vez.
Ella: Eres imbécil –pronuncia.
Carlos toma la mano de María forzándola a correr. María con la otra mano palpa su abrigo. En sesenta segundos están sentados en un taxi para encontrar cobijo en la cama seca y cálida de la habitación de María, donde la noche, la lluvia y el susurro del viento, dejarían que las horas pasaran como minutos y todas las palabras se convirtieran en hechos.