
Transmitíamos la hegemonía que el momento nos aportaba, no queríamos percatarnos de los detalles de la situación, que según nuestra convicción, nos podía desalentar de la satisfacción obtenida tras el inesperado encuentro.
El sonido es gratificante para el oído, cayo mientra habla. De fondo un piano entona cada palabra que desprende por sus labios, nota tras nota, incrementa el tono de sus acentos conforme la canción melódica va entrando en un intermedio apoteósico, donde no son más lentas sus notas que las silabas desprendidas, van acordes unas con otras, hasta la transición, donde en la música se va a dar entrada a una solista, comenzando a decaer. Y ahora son los ojos los que expresan sin sonidos, todo lo que queda por decir, porque quedamos en silencio. Mientras, el piano vuelve, vuelve acompañado por una voz. Voz que intransigente habla de la decepción sufrida por un amor jamás emprendido, por unos besos nunca creados, por una vida que lejana muestra el paso del tiempo, y el lamento por no haber realizado lo que el alma junto con el corazón dictaba. Es agonizante sentir que somos nosotros, que no nos quedan más palabras, que todo se adapta tal y como un transcriptor adopta un suceso, a la letra de la canción escuchada. Mientras nos alejábamos, permanecíamos abrazados en la noche, en nuestras mentes desafiadas a no conseguir el placer de poder estar unidos.