Contemplaba su rostro legañoso sin creerle una palabra, sin dejar de sospechar que su dolor era una actuación, un último detalle de cortesía o amabilidad. La ultima gracia que concedía. -Lo siento-, considerada como la peor de las disculpas; sentir algo sin especificar el qué, no bastaba para eliminar la responsabilidad de algún hecho. Aunque… pobre, ni siquiera justificaba sus actos, no tenía el suficiente valor de enfrentar la realidad. Su actuación obedecía a esa patética forma de intentar justificar su proeza, con: -los cambios en la vida y la fortuna del destino. Una ley irrevocable-, decía. Eufemismos cobardes.
Evadiendo de por sí, que la vida es un despropósito, no hay otro remedio sino enmascarar la rutina, y sin rendirse a la voluntad de permutarse, reinventar una nueva realidad que coaccione al destino para desalentarlo de que te dediquen más disculpas en la vida.