Tres segundos, solo tres segundo eternos y memorables para el infortunio de la casualidad. Las manos se unen, el tacto suave de tu piel penetra por mis poros, para enlazar no menos que el mutuo deseo. Empuño tu mano, para traerte hasta mí, sola conmigo, pero un breve, sigiloso y descuidado titubeo que empeñas, crea sin ánimo ninguno la desesperanza inquietante, tras una sigilosa alegría por poder ver hablar a tus ojos. No cesan los intentos, no, eso nunca ocurre, pues un persistente, insiste en el propósito de mantener la unión. Solo dos palabras bastan para conformar a un derrotado testarudo que aspira a la ínfima parte de tu tiempo; ‘Ahora vuelvo’. Tonto quien cree. Tres segundo, como bien dije, solo tres segundo son los que puedo tener de cerca el color rojo que embruja mi mirada, unos ojos ocultos tras el pelo en la cara y un orgullo que establece las barreras para estropear todo encuentro posible y por hacer.
Que desagradable resulta el no poder gritar sin miedo, el no poder decir, el no poder conseguir tenerte. Es lo que más tortura, no poder tenerte. Y se añoran las tardes viendo atardecer, o anochecer… incluso amanecer, desde nuestra pequeña ventana donde habíamos encontrado todo un universo, que esperaba inquieto nuestra llegada.
Ahora, tras el aletargado silencio que es lo único que podemos tener en común, las noches no hacen dormir, los números que siempre han estado en mi cabeza parecen desaparecer por los recovecos de mi mente, y los días, tristes los días, pasan sin cesar con el único propósito de poder encontrarte en alguno de ellos.
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